martes, 13 de marzo de 2012

Un cuento que escribí - Un Joven y las Rosas

En algún lugar del mundo, existió un pueblo donde las plantas no eran conocidas por sus habitantes. Pasaban los años, y alrededor del pueblo no se veía ni una sola hoja, ni una señal de vida verde. Pasaron generaciones y generaciones, y el conocimiento de la existencia de vida que simplemente surgiera de la tierra, había quedado sólo en el conocimiento de los más viejos.

Un joven decidió una vez aventurarse a conocer el mundo. Había leído de los grandes campos con pasto verde, y bosques llenos de árboles, quería conocer todas las maravillas de un mundo donde no todo fuera tierra. Antes de irse, su abuelo insistió en hablarle sobre el mundo fuera de su pueblo. El anciano era ya el último con conocimiento de las plantas que podían encontrarse fuera del pueblo, y quería asegurarse de decirle a su nieto todo lo que sabía, para que no corriera riesgos con plantas extrañas.

Luego de hablarle de las maravillas de las plantas, el abuelo del joven hizo mucho énfasis en una flor en particular - "De todas las flores que vi de joven, las más hermosas de todas eran las rosas. Las rosas tenían pétalos de color rojo que se abrían alrededor de su tallo, y su colorido llamaba la atención de los ojos de cualquiera. Tenían espinas, si, pero valía la pena apenas tener un poco de cuidado para no pincharse, para tener y regalar rosas a tus seres queridos."- Esto último dejó curioso al jóven, y a la mañana siguiente, salió del pueblo con las rosas en mente.

El joven caminó por el camino por el que hacía décadas que nadie caminaba. No sabía que esperar, nunca antes había visto una planta, mucho menos una flor. Pasaban las horas, y no veía nada a su alrededor, mas que tierra y piedras. Con el tiempo, el jóven podía notar cómo la tierra blanda se tornaba cada vez más sólida, y el camino era mucho más fácil de caminar.

Antes de que se pusiera el sol, el jóven logró divisar algo extraño en el horizonte. No era una piedra, era algo lleno de pequeños palitos que tenía pequeños puntitos rojos. Nunca había visto algo similar. Corrió hasta donde estaba ese objeto extraño. Cuando lo tuvo enfrente, lo examinó por un momento. Tenía muchos tallos, y algunos de ellos terminaban en unos cuantos pétalos rojos que se abrían alrededor. Además, los tallos tenían espinas alrededor de ellos, MUCHAS ESPINAS. El jóven recordó las palabras de su abuelo, eran pétalos rojos, y el tallo tenía espinas. ¡Esta planta debía ser una rosa!

Esa noche, el joven durmió feliz, junto a la planta que había descubierto, abrumado por la emoción, decidido a regresar a su pueblo a mostrar su hallazgo. Con cuidado, tomó la planta junto a la que había dormido. Se pinchó las manos varias veces, pero pensó que podría aguantarlo, y que valdría la pena con tal de ir a enseñarle su hallazgo a su pueblo. El joven siguió caminando todo el día, pero en el camino, la planta seguía haciéndole daño en sus manos. No tenía idea de lo que era una maceta, tampoco sabía cómo cuidarla ni qué hacer con ella. No logró nada más que lastimarse a sí mismo en el camino de regreso a su pueblo.

El joven llegó a su pueblo adolorido y cansado, con las manos llenas de llagas por las espinas de la flor. Fue con alegría a enseñarle a su abuelo la rosa que había encontrado. La reacción del abuelo al verlo fue de horror al ver sus manos lastimadas. El joven se sorprendió y se decepcionó al darse cuenta que a su abuelo no le importó mucho la rosa que había llevado a casa, pero entendió luego, cuando el abuelo le dijo "Esa no es una rosa, es una corona de espinas, y su belleza no es comparable con la de una rosa. La flor es pequeña, y el tallo tiene tantas espinas, que es imposible tomarlo con las manos."

El joven viajó otra vez muchas veces en el futuro, recordando siempre su primer error al ver las incontables cicatrices en sus dos manos. No siempre el primer hallazgo es el mejor, y mucho menos si no conoces todas las flores.